viernes, 28 de marzo de 2008

Grupo de Teatro Comunitario Catalinas Sur

Nota de investigación: Teatro Comunitario

Una puerta, un dibujo en dicha puerta, Chaplin.

[….Lo lamento, pero yo no quiero ser un emperador, ése no es mi negocio, no quiero gobernar o conquistar a alguien. Me gustaría ayudar a todos si fuera posible: a los judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos. Todos deberíamos querer ayudarnos, así son los seres humanos. Queremos vivir con la felicidad del otro, no con su angustia. No queremos odiarnos y despreciarnos. En este mundo hay sitio para todos, y la tierra es rica y puede proveer a todos. El camino de la vida podría ser libre y hermoso...]
Discurso final del barbero hebreo/Chaplin en El gran dictador (1940)


No es casualidad que este personaje se encuentre plasmado en la entrada del galpón de Catalinas Sur. Un vagabundo, un hombre de la calle, que puede ser cualquier hombre y que a su vez, puede no ser ninguno. Porque en el prestigio simbólico, el vagabundo no existe, no vale nada, no se lo ve. Aunque paradójicamente su lenguaje sea universal, popular. Chaplin, un personaje que supo trasmitir en silencio su resistencia ante la hegemonía de la época, resulta ser el anfitrión del teatro.
En Catalinas las personas no callan, se las ve hacer algo fundamental, que es tomar la palabra. Estimular la identidad, la pertenencia y la comunicación, recuperar la memoria, resistir mediante la acción y la creación colectiva que resultan ser los pilares del teatro comunitario. Sus voces se hacen escuchar conjuntamente:
“Porque hoy nos quieren convencer de la derrota,porque hoy nos quieren inculcar la soledad,nuestra utopía está presentesumando gente de aquí y de allá.Mientras la vida nos dé latidoshabrá un motivo que celebrary Catalinas aquí estará”
La historia cuenta que: “El Grupo de Teatro Catalinas nació en una choriceada organizada por la mutual de padres de la escuela de nuestro barrio. A esta mutual pertenecían casi todos los primeros integrantes del grupo.La dictadura recortó todas las posibilidades de participación, organización y manifestación popular y la mutual continuó fuera de la escuela, manteniendo actividades comunitarias como forma de resistencia y fortalecimiento del sentido solidario hasta que, en la apertura democrática funcionó por primera vez nuestro grupo de teatro, pero no representando una obra, sino animando una fiesta barrial. Este bautismo fue determinante para la formación de nuestra estética”.
Así lo expresa Adhemar Bianchi, director y fundador del grupo de teatro Catalinas Sur. Compuesto por vecinos de la Boca y sus alrededores que se reconocen en la manifestación del arte popular: la opereta, la zarzuela (traída por tanos y gallegos), el sainete (esa mixtura de criollos inmigrantes en el patio del conventillo), el circo, la murga (de larga tradición en La Boca), el candombe (ceremonia fundamental para el desarrollo de la música y el baile popular) y también el arte de los titiriteros.
La cultura popular es la que se gesta por la capacidad creativa del pueblo. Sobre esta base, los grupos de teatro comunitario trabajan con la riqueza de vecinos que se autodeclaran amateur en el sentido francés de la palabra, aman lo que hacen. No son profesionales del teatro, no son actores reconocidos, son familias, personas que habitan un mismo espacio físico, que comparten la vida en un mismo barrio.
Lo que mas llama la atención de estas experiencias comunitarias es la unión, la puesta en común de un deseo colectivo. De una idea que se manifiesta a través de un grupo de pares. Sus integrantes descubren que su individualidad se desarrolla con el otro, y que lo comunitario se enriquece con el aporte de cada individualidad. Es decir, lo tomado por todos como propio, dejará de ser algo personal y pasará a ser grupal, colectivo. No se fomenta la idea de apropiación del personaje sino que todos pueden interpretar cualquier personaje siempre que el vecino-actor esté listo para representarlo. Además para la asignación de los papeles, los grupos de teatro comunitario trabajan con el concepto de personajes en bloque (los religiosos, el pueblo, los niños, los funcionarios, los inmigrantes, etc.). Así lo expresa la voz de Pedro, integrante histórico y profesor de circo del grupo: “Acá no hay protagonismo. Se canta, se utiliza mucho el canto comunitario en los espectáculos, entonces no hay mucho protagonismo, donde se diga “¡fulano de tal es la estrella del espectáculo!” ¡No! ¡La estrella del espectáculo es el grupo comunitario!”
La plaza, el barrio, la calle, el club, el galpón, la escuela donde el grupo se reúne y ensaya siempre es un espacio público. De allí que cualquier persona que desee participar pueda hacerlo.
La plaza conceptualmente era el espacio físico que albergaba al pueblo, a las multitudes que se congregaban para hacer valer sus derechos. Hoy en día, esto se trasformo en un recuerdo. Las multitudes se fraccionan y se encuentran ya no, en un espacio corporal, sino en un espacio imaginario. Como puede ser, frente a un determinado programa de televisión, en la comodidad acolchonada del living de sus casas. El teatro comunitario pretende rescatar aquel encuentro corporal, contando la historia del barrio con sus inmigrantes y sus costumbres, con el objetivo de recobrar la identidad del pueblo.


El arte como herramienta de transformación social

“El chico de la calle, yo trabajo mucho con chicos de la calle. Entonces el tema es puntual: la sociedad no les enseña que ellos pueden, que lo pueden lograr. ¡El circo si! Entonces eso mismo se traslada un poco a la vida El circo social es una rama que se plantea eso, el arte como transformación”.
Pedro Palacios (profesor de circo)

Los chicos que vemos en los semáforos revoleando sus clavas, disfrazados de payasos, maquillados con sus caras cubiertas de pintura blanca, pueden ser los integrantes de este teatro o de cualquier otro teatro comunitario. A cambio de unas monedas y muchas veces por nada, ofrecen un número que dura el tiempo en que una luz roja pasa a ser amarilla y luego verde. Son segundos cronométricamente contados, en los cuales estos artistas de la calle, brindan una sonrisa, un gesto gracioso, una mirada cómplice. Empeñados en hacer valer su arte, rompen por unos instantes la atención y la monotonía del acto de manejar produciendo un efecto de distracción en los conductores, que relajan su pie del acelerador y se disponen a ser espectadores fugaces del colorido que se revolea por los aires.
“Es un hobbie, entonces estas en el bondi y te pones a pensar números para hacer o distintas cosas graciosas o maquillaje, como pintarte la cara”. Así expresa Iván, la sensación de ser parte de un grupo de circo. Entonces, se trata simplemente, de compartir momentos con otros jóvenes portadores de intereses semejantes, despojados de cualquier retribución monetaria, solo concentrados en vivir el momento de la actuación, de la interacción que la práctica continua produce. Pero sobre todo, el regocijo de saber, que aquello que ellos aprenden puede trasmitirlo a otros que no saben. El compañerismo es otro pilar del teatro comunitario, la solidaridad con el prójimo, aprender enseñando. Así lo describe Iván “si el sabe malabarear y yo no, él me enseña, o si alguien no sabe subir al trapecio...que se yo...le enseñamos”.
Tanto Facundo, Iván, Manuel y Federico participan en payasos voluntarios, un proyecto también impulsado por el teatro. En dicho proyecto, estos chicos y muchos más, se acercan hacia zonas de bajos recursos de la Boca para brindar un espectáculo a chicos que padecen situaciones de gran desigualdad social. Prácticamente marginados de toda atención, estos grupos de jóvenes intentan justamente focalizar en la potencialidad de cada uno de los chicos y no en sus carencias.
Como dice Facundo “Nos dan la posibilidad de aprender y poder hacer algo... al mismo tiempo retribuís socialmente lo que estas aprendiendo”
El arte en el teatro comunitario se manifiesta como un motor de inclusión e integración social. Porque el arte popular se traduce en emociones, en la capacidad creadora de quien construye, que resulta ser única en cada individuo. El teatro comunitario reconoce la igualdad, en el sentido de permitirle al otro ser diferente, expresar su particularidad y su experiencia propia de vida.
Los condenados al hambre, a la desaparición, a la indignidad, los que sobran, los marginados, los oprimidos, los olvidados, los que ya no sirven, los sentenciados a morir lentamente, los nuevos desparecidos sociales. ¿Cómo hacer para que se entienda que aquellos que pasan hambre no tienen la culpa? ¿Cómo expresar que no era el deseo de ninguno ser desocupado, indigente, pobre o muchas veces delincuente? Todas esas voces son gritos que se manifiestan a través del arte. Porque el arte popular es universal, no hablamos del arte como mercancía sino aquel que se manifiesta como resistencia, como un escape de las masas populares que se quieren hacer oír. El arte popular, el de estos chicos, el de Catalinas, el del pueblo, el único que se revela para trasformar la desigualdad social que impera en nuestra época.

-AGUAFUERTE-

“Tan solo un paseo de domingo”

C

aminito despierta, los puestos comienzan a llenarse de los más variados objetos para vender. Los artistas callejeros se preparan para exponer sus obras, para deleitar a los transeúntes que en breve acapararán, con sus miradas, los cuadros, dibujos, y cualquier tipo de creación artística que se instale en la cuadra clave de caminito. La melodía del tango junto con las parejas del dos por cuatro, que se disponen a deslizarse sobre la pista de adoquines, forma parte del extasiado decorado. Extranjeros, oriundos del lugar, visitantes, puesteros, artistas se entremezclan y se funden en el colorido de las construcciones con techo de chapa, paisaje digno de postal turística.

Menos de veinte pasos separan al riachuelo de aquella imagen de folleto turístico. De este lado ya no se respira lo mismo, la masa de agua muerta emana un olor repugnante. La masa de agua muerta es el fruto, podrido, de la negligencia de un sin fin de empresas que alimentaron y alimentan el desastre ambiental.

El contraste es insoportable, la masa del turismo que habla ingles, francés, japonés. Y la otra masa de agua muerta, negra, espesa, que devora todo el colorido que explota a su alrededor, parecen convivir sin conocerse.

Me detengo en el agua, o mejor dicho, barro toxico mezclado con latas, caños, papeles y demás elementos que prefiero desconocer de que se tratan. Si estaría en un bote me resultaría muy difícil avanzar utilizando los remos a través del barro. Pero agradezco estar a “salvo”, tan solo es un paseo de domingo.

Observo las costas del riachuelo y reflexiono acerca de las casi cinco millones de personas que gozan del deterioro en la calidad de vida y que se encuentran en riesgo sanitario debido a la inminente contaminación de la zona.

Algo que me acompaña durante todo el trayecto, el olor. Ese olor que irrita las fosas nasales, una vez más pienso en la gente que convive con ese hedor, me pregunto: ¿Qué contendrá esta emanación? ¿Que estaré oliendo?, no doy con la respuesta en el momento y para mi tranquilidad, el ser humano es un animal de costumbre, por cual a medida que pasan los minutos, mi sentido olfativo se va habituando al ambiente.

Me confundo como una turista mas que recorre la zona, pero elijo no serlo, contemplo el abandono. Los barcos a la deriva y completamente colmados de óxido describen a la perfección la actitud de todos nosotros frente a esta problemática. Los barcos abandonados son como las personas afectadas, dejadas al un lado, marginadas, enfermas ahora y siempre, a la deriva, olvidadas, sentenciadas a vivir de un modo que ellas no eligieron. Obligadas a sufrir la discriminación a costa del enriquecimiento de unos pocos y de intereses económicos que no comprendían. Un pedazo de sociedad violada, donde los derechos de todos son arrebatados y ultrajados. Un exceso de intervención humana en el ecosistema. Una cadena interminable de irresponsables, entre ellos un estado ausente que no se interpone, que no legisla, que no le preocupa. Así podría estar por horas definiendo esta penosa circunstancia pero el paseo esta terminando y me deja una sensación amarga, la indiferencia una vez más se viste de actitud, impulsada por toda una sociedad que ya nada le importa , ni siquiera es conciente, o tal vez si, de su propio deterioro.