“Tan solo un paseo de domingo”
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aminito despierta, los puestos comienzan a llenarse de los más variados objetos para vender. Los artistas callejeros se preparan para exponer sus obras, para deleitar a los transeúntes que en breve acapararán, con sus miradas, los cuadros, dibujos, y cualquier tipo de creación artística que se instale en la cuadra clave de caminito. La melodía del tango junto con las parejas del dos por cuatro, que se disponen a deslizarse sobre la pista de adoquines, forma parte del extasiado decorado. Extranjeros, oriundos del lugar, visitantes, puesteros, artistas se entremezclan y se funden en el colorido de las construcciones con techo de chapa, paisaje digno de postal turística.
Menos de veinte pasos separan al riachuelo de aquella imagen de folleto turístico. De este lado ya no se respira lo mismo, la masa de agua muerta emana un olor repugnante. La masa de agua muerta es el fruto, podrido, de la negligencia de un sin fin de empresas que alimentaron y alimentan el desastre ambiental.
El contraste es insoportable, la masa del turismo que habla ingles, francés, japonés. Y la otra masa de agua muerta, negra, espesa, que devora todo el colorido que explota a su alrededor, parecen convivir sin conocerse.
Me detengo en el agua, o mejor dicho, barro toxico mezclado con latas, caños, papeles y demás elementos que prefiero desconocer de que se tratan. Si estaría en un bote me resultaría muy difícil avanzar utilizando los remos a través del barro. Pero agradezco estar a “salvo”, tan solo es un paseo de domingo.
Observo las costas del riachuelo y reflexiono acerca de las casi cinco millones de personas que gozan del deterioro en la calidad de vida y que se encuentran en riesgo sanitario debido a la inminente contaminación de la zona.
Algo que me acompaña durante todo el trayecto, el olor. Ese olor que irrita las fosas nasales, una vez más pienso en la gente que convive con ese hedor, me pregunto: ¿Qué contendrá esta emanación? ¿Que estaré oliendo?, no doy con la respuesta en el momento y para mi tranquilidad, el ser humano es un animal de costumbre, por cual a medida que pasan los minutos, mi sentido olfativo se va habituando al ambiente.
Me confundo como una turista mas que recorre la zona, pero elijo no serlo, contemplo el abandono. Los barcos a la deriva y completamente colmados de óxido describen a la perfección la actitud de todos nosotros frente a esta problemática. Los barcos abandonados son como las personas afectadas, dejadas al un lado, marginadas, enfermas ahora y siempre, a la deriva, olvidadas, sentenciadas a vivir de un modo que ellas no eligieron. Obligadas a sufrir la discriminación a costa del enriquecimiento de unos pocos y de intereses económicos que no comprendían. Un pedazo de sociedad violada, donde los derechos de todos son arrebatados y ultrajados. Un exceso de intervención humana en el ecosistema. Una cadena interminable de irresponsables, entre ellos un estado ausente que no se interpone, que no legisla, que no le preocupa. Así podría estar por horas definiendo esta penosa circunstancia pero el paseo esta terminando y me deja una sensación amarga, la indiferencia una vez más se viste de actitud, impulsada por toda una sociedad que ya nada le importa , ni siquiera es conciente, o tal vez si, de su propio deterioro.


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