lunes, 14 de abril de 2008

"carta a mis amigos" por Rodolfo Walsh

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con las fuerzas del Ejército. Sé que la mayoría de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió. El comunicado del Ejercito que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2º de la Organización Montoneros, responsable de la Prensa Sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron con ella. La forma en que ingresó en Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 años, edad de su probable ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época empezó a trabajar en el Diario "La Opinión" y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más. Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fué detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. EL último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical que era su responsabilidad. Nos veíamos una vez por semana; cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizás diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedimos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida. Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima la pastilla de cianuro -la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo-, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie. El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en sus brazos a su hija porque en último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones largos que siempre le quedaban grandes. A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: "El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención porque cada vez que tiraban una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía." He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo, por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo. A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego. "De pronto -dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan -dijo-, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros." Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres. En el tiempo transcurrido he reflexionada sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella. Esto es lo que quería decirle a mis amigos y lo que desearían que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.

miércoles, 9 de abril de 2008

cuento

“Hay personas tan delgadas, escribía, que a veces las arrastra el viento. El viento de la ciudad es brutal siempre irrumpiendo en ráfagas desde el río”. Es por este motivo, que todas las personas de la ciudad que son flacas y salen a pie con la intención de cruzar una esquina, deben tomar la precaución de llevar su propia soga. Primero conviene amarrar dicha soga en la cintura y luego a los postes, que el gobierno ordeno colocar en los costados de las calles, luego de las numerosas denuncias por la desaparición de una gran cantidad de población a causa del viento.
Muchas familias de delgados suelen salir todos juntos sin sus sogas, entonces cuando quieren desaparecer, se acercan a las esquinas y el viento que no distingue raza, sexo, edad o color de zapatos, se los lleva sin dejar rastros.
En la ciudad las personas no mueren, tan solo desaparecen. La muerte es el viento, que como decía, se encarga de hacer volar a todo ser que deambule por las esquinas. Todo ciudadano sabe donde encontrarse con su propia muerte, así que cuando se le ocurre puede acercarse y volar, desaparecer, evaporarse, desvanecerse, irse.
Aquí la muerte tiene una concepción muy poética, volar. Salir volando… ¿Quién no querría morir así?, aquí no existen las enfermedades, las cárceles, todo aquello que incomoda en la vida moderna que supuestamente disfrutamos. Por lo tanto, mi estadía esta resultando bastante placentera en este sitio.
Acá es todo tan distinto..., al principio cuesta acostumbrarse, mas que nada por lo del viento, muchas veces estuve a punto de volar, no me daba cuenta, cuando estaba llegando a la esquina de pronto me acordaba que la muerte estaba allí a la vuelta.
Esta situación no es tan distinta a la de allá, tantas cosas pueden pasarte a la vuelta de una esquina, podes encontrar al amor de tu vida o también podes encontrar la muerte, solo que de una forma menos poética, encarnada en un tiro que te perfore las ideas y la conciencia para siempre tan solo para quedarse con tu billetera. En fin, simplemente detalles.
Por otro lado, las personas gordas se llevan bien con el viento porque gracias a él pueden desplazarse por los aires. Los gordos de acá no son iguales a los de allá. En la ciudad los gordos gozan de una levedad absoluta, son más livianos que los delgados. Por este motivo el viento los lleva de un lado a otro todo el tiempo. Los gordos de la ciudad, son inflados en las estaciones de gas que se encuentran instaladas en las nubes.
Cada gordo se somete durante quince minutos a una sesión de gas que le permite cargar combustible y continuar trasladándose por el cielo. Ellos nunca bajan a la superficie terrestre porque si lo hacen, mueren. La muerte de los gordos también es poética porque tan solo se desvanecen y se convierten en gotas de lluvia. La muerte es decisión final de cada gordo y basta con no someterse a la sesión de gas durante 2 días, de esta forma el deceso será exitoso.
Cuando alzo la vista veo muchos gordos livianos flotando entre las nubes y estrellas de colores. El espectáculo es fantástico.
En la próxima carta te contare como viven las sirenas en la ciudad subterránea porque ya no hay mas agua en los ríos, como decía antes, allí se encuentran los vientos y se reúnen dos veces por semana para distribuirse las esquinas y jugar un partido de póquer.