“Hay personas tan delgadas, escribía, que a veces las arrastra el viento. El viento de la ciudad es brutal siempre irrumpiendo en ráfagas desde el río”. Es por este motivo, que todas las personas de la ciudad que son flacas y salen a pie con la intención de cruzar una esquina, deben tomar la precaución de llevar su propia soga. Primero conviene amarrar dicha soga en la cintura y luego a los postes, que el gobierno ordeno colocar en los costados de las calles, luego de las numerosas denuncias por la desaparición de una gran cantidad de población a causa del viento.
Muchas familias de delgados suelen salir todos juntos sin sus sogas, entonces cuando quieren desaparecer, se acercan a las esquinas y el viento que no distingue raza, sexo, edad o color de zapatos, se los lleva sin dejar rastros.
En la ciudad las personas no mueren, tan solo desaparecen. La muerte es el viento, que como decía, se encarga de hacer volar a todo ser que deambule por las esquinas. Todo ciudadano sabe donde encontrarse con su propia muerte, así que cuando se le ocurre puede acercarse y volar, desaparecer, evaporarse, desvanecerse, irse.
Aquí la muerte tiene una concepción muy poética, volar. Salir volando… ¿Quién no querría morir así?, aquí no existen las enfermedades, las cárceles, todo aquello que incomoda en la vida moderna que supuestamente disfrutamos. Por lo tanto, mi estadía esta resultando bastante placentera en este sitio.
Acá es todo tan distinto..., al principio cuesta acostumbrarse, mas que nada por lo del viento, muchas veces estuve a punto de volar, no me daba cuenta, cuando estaba llegando a la esquina de pronto me acordaba que la muerte estaba allí a la vuelta.
Esta situación no es tan distinta a la de allá, tantas cosas pueden pasarte a la vuelta de una esquina, podes encontrar al amor de tu vida o también podes encontrar la muerte, solo que de una forma menos poética, encarnada en un tiro que te perfore las ideas y la conciencia para siempre tan solo para quedarse con tu billetera. En fin, simplemente detalles.
Por otro lado, las personas gordas se llevan bien con el viento porque gracias a él pueden desplazarse por los aires. Los gordos de acá no son iguales a los de allá. En la ciudad los gordos gozan de una levedad absoluta, son más livianos que los delgados. Por este motivo el viento los lleva de un lado a otro todo el tiempo. Los gordos de la ciudad, son inflados en las estaciones de gas que se encuentran instaladas en las nubes.
Cada gordo se somete durante quince minutos a una sesión de gas que le permite cargar combustible y continuar trasladándose por el cielo. Ellos nunca bajan a la superficie terrestre porque si lo hacen, mueren. La muerte de los gordos también es poética porque tan solo se desvanecen y se convierten en gotas de lluvia. La muerte es decisión final de cada gordo y basta con no someterse a la sesión de gas durante 2 días, de esta forma el deceso será exitoso.
Cuando alzo la vista veo muchos gordos livianos flotando entre las nubes y estrellas de colores. El espectáculo es fantástico.
En la próxima carta te contare como viven las sirenas en la ciudad subterránea porque ya no hay mas agua en los ríos, como decía antes, allí se encuentran los vientos y se reúnen dos veces por semana para distribuirse las esquinas y jugar un partido de póquer.
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1 comentario:
No se porqué, si será por la forma de carta o por el delirio que tiene este cuento que me hace acordar a aquel de Cortazar en que la protagonista vomitaba conejos...
De todas formas, la imagen de los hombres volando me parece magistral.
Galván, la maicena te está haciendo mal, yo se lo que te digo... te voy a llevar conmigo a las reuniones de MA (maicenólicos anónimos)
Que delirio, y yo que me quiero hacer la seria con esto del blog, sé que no puedo...
Besoss
Leti!
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